ENTRE BERTAMIRÁNS Y VEDRA, EL CAMINO DE LA MEMORIA

Por mucho que lo haya intentado, hay lugares y vivencias que nunca han llegado a marcharse de mi pacata y asustadiza memoria. Son esfuerzos baldíos los realizados por mí durante años que sólo han conseguido que esos timoratos recuerdos se hayan refugiado silenciosos y acobardados en mi almario, aguardando el oportuno momento de desperezarse y recorrer de nuevo el camino de lo vivido con más o menos certeza. Ni una lápida mortuoria logra su olvido.

Nacido en Compostela, Bertamiráns, en A Maía, y Vedra, en el Val do Ulla, son los dos nombres que sostiene la primera parte de mi vida. Dos tierras distintas, pero al mismo tiempo, inseparables. Dos tierras que en su día no supe valorar en su justa medida y que hoy calibro su ausencia con miles de lágrimas secas. En esas tierras transcurrieron los larguísimos veranos de mis primeros años, los juegos de la infancia, los sueños de la adolescencia y las ilusiones de una juventud que entonces parecía no tener final.

Vivo en Madrid. Madrid me ha hecho. Han pasado sesenta y siete años desde que comenzó mi historia, pero basta cerrar los ojos para escuchar de nuevo el agua corriendo por los regatos, el canto de un gallo al amanecer, el tañido de las campanas llamando a misa o el murmullo de una conversación entre vecinos al caer la tarde.

Recuerdo las corredoiras húmedas después de la lluvia, los caminos bordeados de carballos, el olor del pan recién cocido, las lareiras encendidas al anochecer y las manos curtidas de quienes hicieron de la sencillez una forma de vivir. Aquella Galicia no era rica en bienes, pero sí inmensamente rica en humanidad.

En Bertamiráns aprendí que la vida podía transcurrir despacio, al ritmo de las estaciones. En Vedra descubrí que el río Ulla no solo llevaba agua, sino también historias que parecían viajar de generación en generación. Sin saberlo, aquellos paisajes fueron cincelando mi carácter mucho antes de que yo aprendiera a escribir mis propios recuerdos.

Con los años comprendí que la verdadera patria de una persona no siempre es el lugar donde vive, sino aquel donde aprendió a emocionarse por primera vez. Por eso, aunque Madrid sea mi hogar desde hace muchos años, hay una parte de mí que nunca dejó aquellas aldeas gallegas.

Este texto no pretende ser un libro de historia. Quiere ser un lugar de encuentro. Un espacio donde conservar vivencias, rescatar costumbres, recordar a personas que ya no están y compartir pequeñas historias que, precisamente por ser sencillas, terminaron siendo extraordinarias.

Escribiré sobre las fiestas, las escuelas, los caminos, las cosechas, los inviernos interminables, las tardes de verano, los vecinos, las anécdotas y los pequeños detalles que solo el tiempo convierte en tesoros. Porque la memoria también necesita ser cuidada para que no se desvanezcan las voces que un día nos enseñaron quiénes éramos.

Quizá quienes lean estas páginas encuentren un nombre conocido, una fotografía olvidada o una historia que también podría haber sido la suya. Si eso ocurre, este blog habrá cumplido su misión.

Dicen que nadie vuelve realmente al lugar donde fue feliz. Yo creo que sí. Se vuelve cada vez que un recuerdo nos sonríe, cada vez que pronunciamos el nombre de nuestra tierra con emoción y cada vez que escribimos para que el tiempo no tenga la última palabra.

Bienvenidos a este viaje entre Bertamiráns y Vedra. Un viaje que comienza en la memoria, pero que, en realidad, nunca dejó de recorrer mi corazón. maiztogores@gmail.com

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